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El reto de formarse copiando en el Museo del Prado

artecompacto.com | 16/04/2014

“Cuando interpretas la obra de un maestro estás en una lucha entre tu temperamento y el suyo. A veces tienes que frenarte”, nos contaba hace unos días la pintora Rosa Pérez Valero en su estudio, situado en un ático de Madrid. A su lado se encontraba Ana Gulias Velázquez, nacida en Gran Canaria y madrileña de adopción. Ambas visitan casi a diario el Museo del Prado y conocen perfectamente su colección porque llevan años reproduciendo con sus pinceles las obras de Tiziano, Velázquez, Correggio o Juan de Arellano, por citar sólo algunos ejemplos.

Esto es porque tanto Rosa como Ana forman parte del grupo de 16 copistas autorizados por el Prado que, paleta en mano y respetando las limitaciones que marca la institución, hacen de su oficio un modo de vida: de lunes a jueves miran a los ojos de los maestros y de viernes a domingo guardan sus lienzos y los caballetes que les presta el museo. Tienen que dejar espacio a los miles de turistas que, a pesar de la crisis, pasean por las salas del edificio diseñado por Juan de Villanueva a finales del siglo XVIII y ampliado por Rafael Moneo en 2007.

Ana Gulias y Rosa Pérez Valero

Ana Gulias y Rosa Pérez Valero

Pérez Valero, que a sus 70 años ha visto su pintura pasar por diferentes estilos –“yo no voy con la moda”, afirma-, atraviesa actualmente una etapa impresionista cercana al puntillismo. Por su parte, la canaria tiene en mente continuar trabajando la técnica hiperrealista que tan buenos resultados le ha dado en Amazona y Buscando cangrejos.

¿Su próximos retos? Plasmar los tonos del atardecer sobre los rascacielos de Madrid. Esto sin olvidar los logrados trampantojos de sus copias, con los que lleva un tiempo dejando con la boca abierta a los visitantes del museo. “Lo que me motiva siempre es la búsqueda de la belleza. Pintar en el Museo del Prado es un lujo, es formarse con los grandes”. Y apunta Rosa: “A lo mejor dentro de 200 o 300 años alguna de nuestras copias acaba expuesta en las salas”. Que se lo digan a Fortuny.

Escucha la entrevista completa aquí:


Los otros artistas del Prado

Revista Metropoli / El Mundo | 29/01/2014

Desde su apertura en 1819, copistas de todo el mundo han acudido al museo para perfeccionar su técnica. En la actualidad, sólo 16 afortunados pueden realizar copias junto a los originales.

La copista Ana Gulias pintando ‘La rendición de Breda’ de Velázquez en el Museo del Prado.

Sus cuadros no están expuestos en ningún museo. No son Goya ni Velázquez pero, a la hora de enfrentarse a un lienzo en blanco, son precisamente los grandes maestros de la pintura quienes guían sus pinceladas.

Copiando a Santa Catalina

Copiando a Santa Catalina

Desde que el Museo del Prado abrió sus puertas hace casi 200 años, pintores de todos los rincones se han acercado hasta sus salas para imitar a los autores más célebres. Además de ser la mejor forma de perfeccionar su técnica, para algunos de los 16 copistas que admite la institución esta práctica también es una forma de ganarse la vida a través de los encargos que reciben. “Para nosotros esto es un escaparate al mundo. Es mejor que cualquier galería porque vienen turistas de todas partes. La vida del pintor es muy solitaria, pero llega un momento en el que necesitas salir y relacionarte para poder vivir de esto”, asegura Ana Gulias.

Atraída por su pincelada y por su fusión de colores, esta licenciada en Bellas Artes comenzó copiando a los impresionistas: “Cuando uno tiene un único profesor de pintura, corre el riesgo de acabar convirtiéndose en un clon suyo, pero si te inspiras en muchos, puedes adquirir un estilo propio”. Así, con el paso del tiempo, le fueron solicitando cada vez más encargos. Aunque asegura que no hay un único criterio a la hora de poner un precio a su trabajo, el tiempo invertido, la minuciosidad y el grado de detalle son algunos de los factores a tener en cuenta al valorar una copia, cuyo precio puede oscilar entre los gastos de coste y los miles de euros.

Ana Gulias copiando una de las obras del museo, marco incluido.

Ana Gulias copiando una de las obras del museo, marco incluido.

Desde hace algún tiempo, sus copias también pueden adquirir un inusual valor añadido: “El marco es vital para algunas obras, por eso se me ocurrió pintarlo también”. Valiéndose de la técnica del trampantojo, término que procede del francés ‘trompe l’oeil’ y que significa ‘engañar a la vista’, proporciona a sus cuadros un toque personal. “Al pintar el cuadro en tres dimensiones, la gente llega a creer que es un marco de verdad. Una vigilante se llevó un buen susto cuando creyó ver el cuadro original descolgado de la pared y colocado en el caballete”, explica.

Al hacer memoria, Ana asegura que el cuadro con el que más ha sufrido ha sido con La rendición de Breda de Velázquez, no por una cuestión de dificultad, sino por la gran afluencia de público. Por ese mismo motivo, cuadros tan populares como El jardín de las delicias de El Bosco hoy ya no se pueden copiar. Quienes sí tuvieron la oportunidad de poder hacerlo en el pasado fueron Picasso, Sargent o los Madrazo, que también fueron copistas del museo.

Tres siglos copiando

Desde que Carlos III lo inauguró en 1819, los copistas han sido los visitantes más asiduos del museo. “Cuando se fundó, el Prado fue concebido como una academia para que los pintores vinieran a aprender. Los turistas sólo podían entrar una vez a la semana”, asegura Cristina Barroso. La encargada de la Oficina de copistas conserva en su mesa de trabajo reglamentos de 1836 en los que ya se regulaba esta actividad.

Ahora que se han endurecido los requisitos, ella es la encargada de supervisar la actividad de los copistas. Además de los 100 euros que deben pagar por cada cuadro que deseen copiar, los pintores deben cumplir otras normas. “Sólo se permite una persona por sala y, como el museo es el que proporciona los lienzos y los caballetes, la dimensión no puede superar el metro y los 30 centímetros, que es el largo que tiene el ascensor”, asegura Cristina.

Mientras los copistas trabajan, el museo guarda cada viernes sus lienzos en un espacio al que no tiene acceso el público. Cuando el lunes regresen a su sala, encontrarán de nuevo su copia colocada en el caballete para seguir atesorando los secretos que sus maestros les confían desde la pared.

Por Victoria Gallardo


¿Quiere usted un Velázquez?

Antena 3 | 18/06/2011

¿Quién se puede permitir el lujo? La alternativa pasa por los copistas, profesionales que empezaron a imitar la téncica de los grandes y que ahora trabajan por encargo.


No es un museo, pero aquí hay cuadros de Velázquez, el Greco, Goya, Rubens… bueno, copias exactas.

Ana acude todos los días con su maletín de pinceles a trabajar al museo… suele pintar por encargo.

El Prado es el único museo español que les permite trabajar. Las normas para hacerlo se endurecen cada año. Sólo pueden coincidir 16 a la vez. El acceso a algunas de las obras más emblemáticas está prohibido y tienen muy restringido el espacio en la sala, para no molestar al visitante.

La copia no puede abandonar el museo hasta que no está terminada, un mes y medio aproximadamente, después estas reproducciones de los grandes pintores pasan a decorar las casas de los amantes del arte


Secretos de una copista

Revista Mía | 2003

Ana Gulias acude cada día al Museo del Prado para copiar los cuadros de los grandes maestros.

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Muy concentrada ante su caballete, a Ana Gulias Velázquez se la puede ver un día cualquiera en el Museo del Prado, frente a alguna de las famosas pinturas que alberga. Muchas veces, los visitantes se fijan más en lo que ella pinta que en la obra original, y se permiten opinar o charlar un rato con ella. «Empecé a pintar en el Prado para mejorar la técnica y después me encantó porque me permitía salir del estudio, que es un trabajo muy solitario. Aquí te relacionas con gente a la que le gusta d arte o que también se dedica a pintar, y eso te enriquece». Ana estudió Bellas Artes y es restauradora de cuadros. Hasta entonces nunca había pintado. «En la carrera y después al ejercer fue cuando me di cuenta de que pintar era lo que realmente me gustaba.

El trabajo de restauración de un cuadro conlleva recuperar las pérdidas de la pintura que tenga el lienzo, y tienes que conseguir el mismo color, pero respetando el original. Es una labor muy parecida a pintar». Ahora también acude al Prado a copiar por encargo los cuadros del museo.«Los pedidos son principalmente de turistas americanos, porque al no tener una antigüedad cultural como en Europa, valoran mucho el arte clásico. Había pensado que solicitarían obras menos conocidas para no evidenciar. que son copias; sin embargo, me piden reproducciones de los cuadros más populares del Prado». Alguna vez también le han propuesto hacer falsificaciones de cuadros. «Casi siempre estadounidenses con contactos en este medio. Pero siempre digo que yo no quiero terminar en la cárcel», dice riéndose. Algo tan privilegiado como pintar en el Prado se ha convertido para Ana casi en una rutina.« Para venir a pintar aquí tienes que solicitarlo por escrito en una lista y presentar el aval de un catedrático de Bellas Artes que responda de tu calidad como artista.

El caballete lo proporciona el museo,.y el cuadro te lo guardan allí hasta que lo terminas. La copia nunca puede ser igual tamaño que el original, mayor o menor en 3 cm por lo menos. Nos dan un mes y medio de plazo para cada obra, aunque es posible ampliarlo hasta tres, según el cuadro». Precisamente por su juventud -Ana tiene 33 años- le Han dicho al ver la calidad de sus copias que tiene un gran futuro como pintora. Todo ha sido un proceso de aprendizaje. «He seguido una trayectoria. Comencé por lo que consideraba más fácil y poco a poco superé mis propios retos para acometer luego obras de mayor complejidad. Copiando a los grandes maestros como Goya, Velazquez o Murillo consigues un estilo propio a base de investigar diferentes técnicas. Luego seleccionas de forma instintiva lo que mas te aporta cada pintor». Aunque se ha enfrentado a casi todos los estilos, tiene sus preferencias. «Adoro el impresionismo y la pintura flamenca. Del museo me gustan Las hilanderas v también El jardín de las delicias. Lo más difícil de una copia es la precisión del dibujo y las proporciones; sin embargo. la fidelidad a los tonos originales tampoco es fácil de conseguir». Ana también recibe encargos como retratista, y quiere hacer una serie de retratos infantiles para exponer en una galería, pero no dejará de acudir al museo. «Cuando estoy ante un lienzo pienso en lo que el pintor vio y quiso reflejar en la obra, cuál era su ánimo en ese momento y de qué forma lo quiso expresar».

Texto: Paloma Herranz | Fotos: Juan Lázaro


Ana Gulias Velázquez

El Semanal del ABC | 15/06/2003

“Me han llegado a preguntar si los cuadros de la sala eran también míos”

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Ana Gulias pinta tan bien que un turista norteamericano le propuso en una ocasión que “trabajara” para él como falsificadora de cuadros. Desde que lo hace en el Prado, hace siete años, ha realizado unas 40 copias, cinco o seis por año. “Copiar en el Prado es un auténtico privilegio. Por la relación que se establece con el autor de la obra y por la posibilidad que te ofrece de aprender de los grandes maestros. Además te permite conocer a mucha gente que aprecia el arte. Y trabajar en un ambiente más vivo que la soledad del estudio”.

Al principio le costó un poco acostumbrarse a pintar rodeada de gente. “It’s beautiful” comentó un día Yoco Ono, la mujer de John Lennon, a mi espalda sobre la obra que estaba pintando.

Otras veces me han llegado a preguntar si los cuadros que estaban colgados en !as paredes también eran mios. Pero lo que más me llamó la atención fue el comentario de un niño de unos tres o cuatro años que venia con un colegio, que dijo: ‘Pinta bien y eso que es mujer”.

Le encantaría poder pintar algún día El Jardín de las Delicias de El Bosco, que hoy no se puede copiar, y poder trabajar en París.